
Hace días no escribía, tengo un problema a adaptarme a esta idea de escribir a diario, sé que es un buen ejercicio, que muchos lo recomiendan, incluso como terapia, pero no sé, quizás se deba a que por estos días no tenga mucho que contar. Entré nuevamente a esas rutinas agobiantes, que no hacen otra cosa que anularte. Te comienzas a dedicar a todo lo que hay que hacer y finalmente despareces, entrabado, en el trabajo, papeles, proyectos y planes.
Cada cierto tiempo caigo en estos estados, lo extraño es que siempre coincide con los inviernos.
A todo esto hay que sumar que desde hace un tiempo venía con una pequeña molestia en un muela, que los últimos días se trasformó en un dolor extremo que apenas me dejaba dormir.
Fuera de todos los malos momentos que me hizo pasar la condenada pieza trece, como más tarde me dijeron que se llamaba en el dentista. Debo agradecerle dos cosas, el dolor causado remeció mis rutinas, y también hasta la más alejada neurona, los pensamientos que recorren tu mente mientras estás sometido a un dolor intenso son por decir lo menos interesantes. Otra de las cosas que me permitió la famosa muela fue el reencontrarme con parte de mi vida que hasta hoy solo permanecía colgada con un imán sobre la puerta del refrigerador de mi casa. Un pasado increíble, una época entrañable, un mundo feliz o infantil y el Gonzalo más autentico que ha existido, aquel cabro chico de cinco años.
Todo esto lo gatillo aquella inusual visita al dentista que paso a detallar.
Después de una mala noche a causa del dolor, tenia claro que no podía dejar pasar ese día sin visitar a un dentista.
Mi papá me consiguió una hora para las once de la mañana en una clínica conocida por él, por extraños motivos la perdí. En la tarde mi mamá me acompaño al último dentista que había visitado en mi vida fue allá como en el 2003, aunque suene irresponsable, desde aquella época que no veía a uno.
En los registros encontraron mi ficha, lo que facilitaba mi atención, en tres años las cosas cambian y sin duda aquella clínica no era la excepción. Un televisor grande cobraba protagonismo en la sala de espera, nuevos muebles, una nueva secretaria, variada publicidad promocionando el pago a crédito a través de tarjetas de algunas grandes tiendas decoraban el lugar. Pero lo que más llamo mi atención era la cantidad de niños que había, por un momento me sentí incómodo, yo estaba siendo acompañado por mi mamá al igual que esos niños que jugaban, cantaban, inventaban historias y corrían por la clínica. Le comenté a mi mamá, que quizás la clínica en estos años había cambiado de rubro y solo se dedicaba a la pediatría, nos reímos juntos, mi mamá comentó que quizás el dentista me iba a recibir con nariz de payaso y que yo iba a salir oliendo a tutti fruti por esos dentríficos infantiles.
Los niños gritaban mucho, quizás la mala acústica hacia que sus risas y vocecitas chillonas retumbaran por todo el lugar, ninguno de esos niños se habían visto antes, todos coincidieron, o coincidimos en aquella sala de espera. A pesar de no haberse visto antes en sus vidas parecían grandes amigos, amigos de siempre. Corrían por el pasillo e inventaban historias con un canasto que había lleno de juguetes, otro antecedente que me indicaba que esa clínica podía haberse convertido en una clínica infantil.
Mi mamá me dijo que uno de esos niños se parecía a mí cuando era chico, un gordito con beatle y chaleco con rombos que le quedaba medio apretado. Me reí al verlo, el cabro chico estaba rojo y parecía estar traspirando, me acordé que de chico era usual que terminara así. Mi mamá me abrigaba tanto y como cualquier lugar era propicio para jugar, apenas podía correr bien, entre la panti de lana azul, la camiseta, el beatle, el calcetín grueso, el bototo apretado, el pantalón de cótele, el chaleco, la chaqueta con chiporro, el gorro de lana, y para que no me fuera a resfriar su buena bufanda amarrada al cuello.
Miro las relaciones sociales que construyen los niños, y me maravilla observar su frescura, espontaneidad, su increíble sabiduría y sinceridad.
Mi memoria no es muy buena pero los vagos recuerdos que tengo de mi niñez son momentos felices, recuerdos con mucho color, imágenes notables que se han quedado guardada en mi memoria, y al revisarlos pareciera ser que aquel Gonzalo era un poco más maduro de lo que es ahora. Extraña reflexión quizás consecuencia del dolor.
Hago intentos por acordarme de aquel Gonzalo chico, aquel de los cinco años, tratando de ver como reaccionaria él, que haría, como llevaría la vida que estoy llevando, que consejo me daría, en eso estaba cuando me llaman, era mi turno…
Salte del asiento, tímido, pero algo ansioso miro a mi mamá que al parecer esta vez no me va a acompañar, no importa, me dirijo solo por el pasillo, me acuerdo que esto era un juego, que estamos en aquel rinconcito del patio del colegio donde siempre jugábamos. Si no era al doctor, a las visitas, a los superhéroes, a la teleserie de turno o al dentista. Eso era, en eso estaba, jugando en un recreo del colegio, esta vez es mi turno, seré el paciente, tengo un dolor de muelas y Claudia me va a atender, siempre en los juegos nos dejan juntos a mi y a Claudia, algo me pasó por un momento soñé ser adulto y estar de a de veras en una sala de espera de una clínica dental, me veía barbón y ojeroso, mi mama se veía diferente, hacia frío, estaba nublado pero por suerte fue solo un sueño, como aquellos que a veces me dan. Claudia me sostiene entre sus piernas, hartos compañeros me revisan la boca. Tocan la campana, todos corren hasta la formación yo me intento parar pero el sonido de la maquinita que irrumpe mi muela me trae de vuelta, el taladro limpiador rompe con todo a su paso, mi boca se llena de fluidos amargos que otro aparato comienza a absorber, no me puedo levantar, la máquina continúa su trabajo roza el nervio, me estremece el dolor y una lágrima se escapa de mi ojo izquierdo. Abro los ojos y Claudia continúa sosteniendo mi cabeza, revisa con delicadeza mi muela enferma, me habla del destino, de los encuentros y desencuentros, que los años no pasan en vano, de cómo la vida se nos va y a veces se nos escapa de las manos. Yo con la boca abierta trato de entender todo lo que estaba sucediendo, ya no se si la lágrima es de dolor o emoción.
EPILOGO
El Gonzalo de cinco años se encontró con su vieja amiga y compañera.
El Gonzalo de hoy se reencontró con aquel niño de cinco años y de paso con una de las personas con la que compartieron aquella época, quizás una de las etapas más importantes de la vida de cualquier ser humano, su infancia y los primeros años de escolaridad.
Claudia Godoy es dentista titulada de la Chile, lleva como año y medio ejerciendo, hace más de quince años que no la veía. En aquel extraño día de reflexión sobre la infancia el destino tenía preparada esta insólita coincidencia.
La última vez que nos vimos, ambos estábamos en primero básico.
Aquel juego del dentista donde yo era el paciente de Claudia fue verdad, 20 años más tarde la historia se repite. Ella de odontóloga y yo como el soñador de siempre.
La foto de portada es la única foto mía que esta en el refrigerador de mi casa, la princesita del fondo es Claudia. El sujeto en primer plano soy yo, quizas en la unica foto mia de niño que veran. Mi disfraz una idea de mi mamá y el diseño de mi aguelita , aunque cueste creerlo mi difras es de un chanchito de tierra, ideas de mi mamá, como gil ese diá anduve dandome vueltas de carnero por todo el colegio.